Y los tiempos siguen cambiando

Los parroquianos del lugar no recuerdan un alboroto semejante desde hace al menos cuarenta años. En esa época, también el mundo intentó de diversa maneras, y con éxito nulo, hincarle los dientes a un apabullante hipster que, convertido en músico, a cada movimiento dejaba tras sí una estela de maravillas, confusión y genialidad incomprensibles. Lo único que se sacó en limpio de ahí en más es que nosotros, todos nosotros, no podíamos vivir sin la sombra de Bob Dylan.
En el 2006, quizá también ante la ausencia casi agónica de mitos que aún sigan a la altura de su leyenda, Bob Dylan nos es más imprescindible que nunca. Y su música, por suerte, es más musculosa, vigorizante y sapiente que en largo tiempo.
Esta es una época de especial regocijo para el público dylaniano. Hemos presenciado un nuevo golpe de tablero, una jugada maestra de las que acostumbra. Un cambio de folio como lo fue el Festival de Newport en el 65; las sesiones de Big Pink el 67; la exorcización de sus penurias maritales a mediados de los setenta. Un nuevo hito en la era Dylan que se inició con No Direction Home, siguió con el primer volumen de sus exquisitas Crónicas y hoy sigue con Modern Times, un nuevo álbum que ha sido visto como el cierre de una trilogía, que comenzó hace nueve años con Time Out of Mind y tuvo un segunda parada en Love en Theft, en el 2001.
¿Y qué pasa con Modern Times? Es otro gran disco de Dylan, ni más ni menos, una comprobación de que se halla investido en propiedad como countryman aguardentoso, con sombrero de fieltro, botas y traje de confederado. Su voz, finalmente lo conseguiste Bob, es un oxidado y cavernoso chirrido que se da maña para escupir letras que generan esa misma sensación de profecías pronto a cumplirse, de suspicacia temporal, de llevarnos demasiado la ventaja. Bob es el anciano desdentado que pulsa su guitarra en el crepúsculo de un pueblo polvoroso sureño y, con voz de azufre, amedrenta a los incautos del lugar.
Modern Times, producido por Dylan bajo el pseudónimo de Jack Frost, es un disco fraguado en carreteras. Es el recuerdo de todos los bares por los que Dylan y su banda tocan noche tras noche, pulverizando y releyendo su repertorio clásico. Es por esto esa mezcla de blues y country urbano, apremiante, pero que da toques de elegancia y cierto relajo, en que todo ya es visto con más calma o al menos con el rictus irónico y sosegado de quien ya estuvo en eso hace ya mucho.
Y lo más importante. Aún podemos sentirnos afortunados por el mero rito de ir a una disquería y pedir el nuevo elepé de Bob Dylan. Somos sus contemporáneos y este es un gran alivio.